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XXV No queda tiempo ya. Se escurre de puntillas despoblándome. Halo de luz que deja huellas tenues de seda parecida a la estela nocturna de un caracol que escapa.
Se alejan los recuerdos. Un frenesí de sombras como un río agitando su propia inexistencia deja seco el caudal de mi memoria y adelgaza la vida lo mismo que un silbido.
Ningún camino acoge el arrastrar del paso que soporto. Retrocede el aliento hasta su génesis para intentar decir palabras sanas y un silencio ya viejo, agotado de andar entre los dientes, anega los sembrados de las voces. Nada sabe el destino, y el pasado me ofrece sólo sombras deslizándose. Tropiezo, al escapar, con mis deseos, a tientas los descubro y son viscosas formas que al intentar asirlas son furtivos fantasmas, apresurada brisa que se convierte en tiempo, en tierra, en polvo, en humo, en sombra, en nada. |