Devlin a su hermano menor cuando, pobres,

irremediablemente compartían la misma cama.

 

Tu cuerpo tan menudo

extendido sobre la felpa grave

-he de decirlo ya- me desespera.

 

Noche a noche tu inocente caricia

tus muslos en mis piernas reposando;

sobre la blanca almohada tus labios reclinados

como una guinda dura que apetece morder;

apoyarme en tu espalda, rodearte

y sumergir mis manos cautivando

la tibieza del instante en tu piel;

tus manos dislocadas

que me abrazan en una pesadilla,

tu adolescente pecho,

tu lisísimo vientre,

tus apretadas nalgas de redondez precisa...

 

Adoro introducirme

contigo entre las sábanas

y luego, tú dormido, destaparte.

Retirar quedamente el lienzo blanco

y contemplar tu cuerpo.

 

No hay desnudez más pura y más pausada,

más franca y más hermosa

ni tampoco ha existido más cauta seducción.

Verte es todo mi éxtasis, mi ceguera,

tan imposible amor.

No hay rincón que no vela con pericia de madre

ni de tu piel un pliegue que, a tientas, desconozca,

ni un solo poro donde no haya visto

ruboroso brotando el viril vello.

Son tantos mis desvelos y mis caricias tantas

si, abandonado el cuerpo, reposas en mis brazos...

 

Te adoro, sí, te adoro

mi inviolable secreto.

A nadie más que a mí le perteneces

ni nadie te atesora de tan frágil manera.

Y así no vivo más que por la noche,

por el instante exacto de rozarte,

por desnudarnos juntos y observarte

sabiendo que más tarde

habrás de ser en mí lo más hermoso.

Únicamente en mí lo más hermoso.