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I
En qué lugar de mí se agazapaba el hombre que me iba a mirar como a un extraño.
En dónde estaba él cuando la lluvia caía mansamente sobre el lomo brillante y resignado de las vacas, y mis botas de goma perseguían el trozo de la rama que era un barco veloz por el caudal de las cunetas.
En dónde cuando el cauce que formaban las hojas de los árboles iba vertiendo ríos que llenaban los huecos de la risa.
Cuando orinaba en las cuevas de los grillos, dónde. Dónde cuando desnudo volvía el rostro y las manos hacia el cielo para sentir la lluvia deshilachar mi túnica de barro. En qué lugar de mí se agazapaba un hombre mientras en pie, la lluvia, como una verja inútil, transparente, me protegía del mundo que había fuera.
Sólo al agua le ha sido concedido el elevarse. Abandonar la tierra. Separarse del barro que endurece y afirma las pisadas de los hombres. Formar parte del cielo y alejarse. Huir sin dejar rastros, sólo el agua, alma sola, sin cuerpo, revive sin cadáver.
Pero no tú, no yo, polvo con forma amasado en el fango de los días.
Por eso estoy aquí, en la otra parte, fuera. Miro los mismos ojos que tú ves, extraños, mientras en pie, la lluvia, como una verja alta, transparente, es aduana del tiempo, es frontera que cierra el paso hacia la infancia y separa a aquel niño que me mira de este largo cadáver que hoy se moja.
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