I

 

En qué lugar de mí

se agazapaba el hombre

que me iba a mirar como a un extraño.

 

En dónde estaba él cuando la lluvia

caía mansamente sobre el lomo

brillante y resignado de las vacas,

y mis botas de goma perseguían

el trozo de la rama que era un barco

veloz por el caudal de las cunetas.

 

En dónde cuando el cauce

que formaban las hojas

de los árboles

iba vertiendo ríos

que llenaban los huecos

de la risa.

 

Cuando orinaba en las cuevas

de los grillos, dónde.

Dónde cuando desnudo

volvía el rostro y las manos hacia el cielo

para sentir la lluvia

deshilachar mi túnica de barro.

 

En qué lugar de mí

se agazapaba un hombre

mientras en pie, la lluvia,

como una verja inútil,

transparente,

me protegía del mundo que había fuera.

 

Sólo al agua

le ha sido concedido el elevarse.

Abandonar la tierra.

Separarse del barro que endurece

y afirma las pisadas de los hombres.

Formar parte del cielo

                                       y alejarse.

Huir sin dejar rastros,

                                        sólo el agua,

alma sola, sin cuerpo,

revive sin cadáver.

 

Pero no tú,

no yo,

polvo con forma

amasado en el fango de los días.

 

Por eso estoy aquí,

en la otra parte,

                            fuera.

Miro los mismos ojos que tú ves,

                                                            extraños,

mientras en pie,  la lluvia,

como una verja alta,

transparente,

es aduana del tiempo,

es frontera que cierra

el paso hacia la infancia

y separa a aquel niño que me mira

de este largo cadáver que hoy se moja.